
Aquella noche de octubre, Rakhel Rios subió al monte a lomos de una moto con la linterna del celular apuntando al suelo. Buscaba a un joven con el pelo teñido de rojo. Ravel, su hijo de 19 años, no estaba en la comisaría, ni en los hospitales, ni entre los muertos o detenidos que aparecían en los vídeos que circularon tras la masacre. Mientras sus amigas iban recogiendo los cuerpos de sus hijos, a ella solo le quedaba por comprobar el bosque que separa los complejos de favelas de Alemão y la Penha, en la zona norte de Río de Janeiro. Entre los árboles encontró cadáveres de 10 en 10 y ella gritaba hasta oír su propio eco: “¿Hay alguno con el pelo rojo?”. A las cinco y media de la mañana, atiborrada de tranquilizantes, arañada, sucia y sin haber comido, se fue a casa a ducharse. Su prima le estaba peinando cuando sonó el teléfono: habían encontrado a Ravel. O, mejor dicho, su cabeza.



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