
“Tenemos suerte”, suspira Volodímir, de 77 años, asomado al balcón de su casa medio destruida en Kramatorsk. Delante, los hierros retorcidos y roídos por las llamas de lo que hasta una semana antes eran dos de los autobuses de línea de la ciudad. Una bomba planeadora rusa cayó en medio de ambos y mató a 30 personas el 8 de octubre. Volodímir y su mujer, Ludmila, de 67 años, habían salido unos minutos antes al mercado. Al regresar, se toparon sin esperarlo con el infierno en la calle Yuvileina, que transcurre delante de su edificio. “Tenemos suerte”, repite incidiendo en los cuantiosos daños que sufre su apartamento al tiempo que acaba de cubrir las ventanas con tablones facilitados por unos soldados.







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