Ha fallecido Antonio Navarro. Haber interactuado con él en diversos momentos de la vida pública en Colombia, complejos y a veces cruciales, me permite expresar de manera genuina un sentimiento de pesar. Después de haber abrazado el proceso de paz que su agrupación llevó a cabo con el gobierno de Virgilio Barco, no solo dedicó esfuerzos para extender esa paz a otros grupos, no solo fue un animador constante de las conversaciones que fructificaron en La Habana con la guerrilla más antigua y más poderosa, las extintas FARC, no solo desplegó inteligencia, habilidad y compromiso en las deliberaciones en el seno de la Asamblea Constituyente que puso en vigor la actual Constitución de Colombia, sino que se mantuvo firme, sin vacilaciones, en el empeño público de abandonar por completo la violencia y profesar en palabras y también en hechos, la convicción de que no debe haber espacio para la violencia en la política colombiana. Cumplió su palabra (algo que hizo parte de una especie de slogan en su vida), sin fisuras, llevando a cabo un ejercicio público, suyo y de su grupo, ceñido de manera rigurosa al apego a las normas de la civilidad.
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