Cuando el Sputnik cruzó el cielo en 1957, el mundo entendió que la competencia entre las grandes potencias se había mudado a un territorio nuevo. Diez años después, en plena Guerra Fría y con las dos superpotencias midiéndose, esos mismos Estados firmaron el Tratado del Espacio Ultraterrestre y aceptaron algo extraordinario: que el espacio era patrimonio de toda la humanidad, que ningún país podía apropiárselo y que la exploración debía beneficiar a todos. La rivalidad no impidió el derecho. Lo precipitó.
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